Diario de un tripanofóbico: Vacunarse cuando las agujas dan pánico

Hace escasos días que recibí la primera dosis de la vacuna contra la COVID-19. Hasta aquí nada extraño, más aún considerando que estos días es una escena común llevada a cabo por millones de personas con el fin de mitigar los efectos de la pandemia que nos viene azotando. Sin embargo, la perspectiva de esta imagen puede cambiar si os digo que, al igual que un importante porcentaje de la población, conservo desde la infancia un temor irracional y bloqueante hacia todo lo que sean agujas y pinchazos en una consulta médica. Hoy, me gustaría compartir con vosotros mi última experiencia en esta ya tristemente dilatada carrera mía.

Antes de nada, ¿es para tanto la cosa?

En primer lugar, es importante aclarar las implicaciones de la fobia a los procedimientos médicos que implican agujas, conocida como tripanofobia. Probablemente, algunos se quedarán con que simplemente este tío es un cagao. Sin embargo, cualquiera que sufra algún tipo de fobia sabe que la realidad es bien distinta. Como cualquier otra fobia, suele tener un componente irracional (me da miedo, pero no sé decirte por qué), probablemente basado en algún suceso traumático sufrido en algún momento de la vida. Recuerdo siendo niño, incluso haberme despertado en una camilla con oxígeno después de desmayarme durante una analítica de sangre. Apuntaba maneras desde la más tierna infancia, sin duda.

Por otra parte, es fácil entender que ante este miedo irracional, la reacción humana instintiva en muchos casos es la de evitar exponerse a la situación que produce la fobia. La persona que tiene miedo a las arañas se mantendrá en alerta permanente para asegurarse de que no se cruza con ninguna, la que tiene miedo a hablar en público intentará evitar cualquier exposición delante de otros, la que tiene miedo a volar rehuirá cualquier desplazamiento en avión, etc. Por supuesto, cada persona puede tener diferentes umbrales de tolerancia sobre una misma fobia, siendo capaz de afrontarla hasta cierto punto sin que le limite totalmente.

Las fobias producen sentimientos de evitación y huida

Este último argumento puede resultar especialmente grave cuando hablamos de la tripanofobia. Pensad en alguien que sea incapaz exponerse a cualquier prueba o tratamiento médico que implique un pinchazo. Es fácil entender que el riesgo en el que incurre su salud puede llegar a ser elevado. Ahora pensad específicamente en la actual estrategia de vacunación, apoyada por la mayoría de la población mundial ¿Qué pasa con ese porcentaje de personas que no pueden ver las agujas ni en pintura? Muy sencillo. Puede que renuncien a vacunarse (incluso confiando en las bondades de la vacuna) o bien puede que se preparen para sudar a fin de pasar el trance. En mi caso, elegí esta segunda opción, el camino del samurai.

Primera encrucijada: sacar cita.

Para poder recibir la administración de la vacuna el primer paso era conseguir una cita en alguno de los centros médicos habilitados en la ciudad. Puede parecer una tontería, pero incluso en esta temprana etapa, la fobia comienza a hacer acto de presencia. Y es que para mí, una cita supone ya un compromiso a futuro. No soy de cancelar citas médicas porque sí, porque con lo poco que me gustan, podría acabar posponiéndolas indefinidamente. Si saco una cita, asumo que la suerte ya está echada.

Una vez la fecha está fijada, sólo queda prepararse

Dicho esto, es fácil entender por qué acabé sacando la cita alrededor de un mes después de que se habilitase la vacunación para mi grupo de edad. No tenía prisa en pasar por el trance y sentía que un tiempo de mentalización podría ayudarme. Obviamente, no deja de ser, al menos en parte, una estrategia de autoengaño para evitar confrontar la situación. Una preocupación excesiva de las personas más cercanas (¿tienes ya cita para la vacunación?, un día tras otro), aunque con buena intención, no ayuda a rebajar los niveles de estrés en esta fase. Como cuando un niño pregunta cada 5 minutos en el coche ¿falta mucho para llegar?

Espera hasta el gran día: calma chicha.

En este caso, una vez obtenida la cita para la vacunación, tenía algo más de una semana por delante aguardando el momento. Habitualmente, los niveles de estrés en esta fase ya empiezan a hacerse notar. Recuerdo años atrás, en los que los días previos a una cita médica que involucrase cierta acción, ocurría que aparte de tener la situación vagando por mi cabeza gran parte del tiempo, a veces me resultaba difícil incluso conciliar el sueño.

No ha sido el caso en esta ocasión, y la verdad es que en los días previos a la vacunación mi nivel de relajación fue bastante alto. Creo que esta vez he realizado un gran esfuerzo tratando de evitar los pensamientos negativos más obvios asociados a la fobia, para centrarme en los aspectos más positivos y mitigadores de la ansiedad (es un proceso extremadamente breve, la vacuna me ayudará a estar mejor preparado ante una posible enfermedad, etc). De momento, todo bien.

La hora de la verdad.

Y por fin llega el gran día. Desde que me levanto por la mañana, noto que me resulta más difícil mantener esa actitud positiva de los últimos días, y el miedo empieza a ganar terreno. Sin embargo, creo que aún mantengo el control de la situación y mi pensamiento no es simplemente hoy toca ir al matadero.

La situación cambia en el momento en el que me encuentro haciendo cola para recibir la administración de la vacuna. Hay bastantes personas en la fila y, a pesar de la eficiencia del personal, el tiempo de espera se va sobre la media hora. En esos momentos, no diría que estaba completamente falto de control o en pánico, pero reconozco que mi capacidad de centrarme en pensamientos positivos estaba claramente mermada.

La espera, un arma de doble filo

Cuando estoy en la última parte de la cola, un zig-zag tipo aeropuerto donde ya se puede respirar el ambiente médico, comienzan los problemas. Empiezo a sentir que me mareo con la aparición de las inconfundibles lucecitas en mi visión que anuncian que no es buena idea continuar de pie. Me encuentro muy soprendido (nunca me había mareado antes, siempre durante o después del pinchazo) pero el tiempo apremia antes de que pueda perder la verticalidad, así que me retiro momentáneamente de la fila para sentarme en el suelo y recuperar un poco la tensión. La mascarilla no ayuda, pero es lo que hay.

Calculo que pasarían unos 5-10 minutos tratando de recomponerme. Es un numerito en toda regla, y hay quien se acerca a preguntarme si estoy bien y si avisa a la enfermera que se encuentra coordinando la entrada. Le digo que estoy bien, que sólo necesito un momento para reestablecerme. Finalmente, la enfermera de la entrada se acerca para ver como estoy y me ofrece pasar adentro para evitar la espera en ese estado. Le comento que es pura ansiedad por el miedo y que me encuentro mejor, así que vuelvo a la cola donde la dejé y espero mi turno nuevamente. Entiendo que todo el mundo está esperando y con prisa. Puedo aguantar.

Una vez llega mi turno, la enfermera de la entrada me reconoce y me acompaña al puesto que me corresponde para comentar la situación a sus compañeros. Y aquí ya fue visto y no visto. Me ofrecen realizar el procedimiento en una pequeña sala de mareados que tenían improvisada con un par de camas. Para aquellos aún temerosos, literalmente llevó 2 segundos (no exagero) y apenas noté que algo me tocaba (no puedo hablar siquiera de sensación de pinchazo). La enfermera me dice que me quede el tiempo que necesite. Realmente me encuentro bien, y en un par de minutos me levanto con cuidado, comprobando que no quedan restos del mareo previo a entrar. Mission complete!

Al final, parece que la cosa no es para tanto

Lo que me funciona y lo que no.

Reconozco que esta vez, tal como comentaba antes, ha habido cosas que no han ido de la manera habitual o como yo esperaba. Como amante de la mejora continua, llevé a cabo un pequeño análisis post-partido del acontecimiento, a fin de actualizar los factores positivos y negativos relacionados con mi preparación para este tipo de situaciones.

Cosas que creo que me facilitan la vida:

  • Trabajo mental previo a la cita. Concentración en los factores positivos para evitar que los negativos tomen el control. Tal como comentaba antes, esto facilita enormemente mantener un buen estado de ánimo y el descanso en los días previos al banderillazo. Creo que es especialmente importante centrarse en los beneficios (después) y no en el procedimiento (durante). Mi mantra en este sentido era va a ser un instante y después te vas a encontrar mejor armado para combatir al virus.
  • Fuera la vergüenza. No hay motivo para avergonzarse o pensar demasiado en el qué dirán. Cuando uno no se encuentra bien, es mejor tomar medidas. Como comentaba anteriormente, intuyo que las varias docenas de personas en la fila fliparían un poco al verme echando cuerpo a tierra. Pero es eso, o caerte sin control si no actúas cuando aún controlas el mareo. Comento esto porque me parece que este tipo de situaciones sigue siendo un tema bastante tabú. Todo el mundo tiene miedos. Es parte de la vida.
  • Sinceridad con el personal sanitario. En relación a este punto, yo suelo ir con la verdad por delante. En este caso no hizo falta, porque me vieron maneras incluso antes de entrar, pero normalmente suelo comentarles abiertamente que podría marearme y si hay alguna opción de recibir el picotazo recostado o en algún sitio que haga más llevadera (y menos peligrosa) una posible bajada de tensión. Y su respuesta suele ser de amabilidad y de tratar de hacerme menos traumático el trance.

Cosas que veo que influyen negativamente:

  • Tiempo de espera. En este caso particular, un aprendizaje que me llevo es que el tiempo de espera en el propio centro médico influye bastante negativamente. Sin duda que el tiempo es un factor crítico para cualquier fobia. Cuanto más tiempo estés expuesto, mayor es el estrés sufrido y más probabilidades de perder el control de la situación. Si bien en este caso el proceso llevaba un instante, pienso que me mató la espera en la fila. Aunque estaba relativamente tranquilo, creo que mi cabeza inconscientemente ya estaba jugando el partido del pinchazo. Y es que hay múltiples factores relacionados que siento que disparan mis niveles de estrés dentro de un centro médico (ver síndrome de la bata blanca, por ejemplo).
  • Falta de empatía. Esto lo comentaba antes, en relación a las constantes preguntas en plan ¿lo has hecho ya? No es difícil suponer que este tipo de insistencia sólo contribuye a aumentar el estrés de la persona que intenta confrontar la fobia. Es fundamental entender que no es que la persona no quiera hacerlo, es que en muchos casos, no puede. La mente es extremadamente poderosa, y puede llegar a bloquearnos hasta puntos inimaginables. Personalmente, yo desterraría este tipo de interrogatorios en favor de conversaciones más constructivas y que puedan ayudar en el proceso (¿qué te preocupa?, ¿puedo ayudarte de alguna manera?, yo ya he ido y… etc). Lo mismo con los clásicos sólo es un pinchazo. Gracias por recordarme lo obvio, si puedes por favor explicárselo a mi cabeza, que hace lo que le da la gana…

Terapias clínicas y visión del futuro.

La verdad es que hasta ahora mi estrategia con respecto a confrontar esta fobia ha sido ir a pecho descubierto, intentar mantener los niveles de estrés bajos y la positividad alta, tal como explicaba antes. Como para todas las fobias, existen múltiples terapias destinadas a superar el miedo a las agujas, principalmente basadas en técnicas de relajación y exposición progresiva. Y sinceramente, creo que no descarto recurrir a ellas en algún momento. Me parece un tema importante y, si existe ayuda profesional efectiva al respecto, es una opción que probablemente merece la pena explorar.

Existen múltiples terapias que pueden ayudar con las fobias

Pues hasta aquí la entrada de hoy, con este relato en primera persona. Ojalá este breve testimonio sirva para dar más visibilidad a este pequeño (o gran, según el caso) inconveniente que aún hoy sufre un porcentaje nada desdeñable de la población (se estima que alrededor del 10%). Y para aquellos que se enfrentan a ello de vez en cuando, mi total empatía y comprensión, y comentar que, aunque a veces es difícil de gestionar, existen pautas para mejorar la situación. No es, ni mucho menos, un callejón sin salida.

Por último, quería dedicar esta entrada a los profesionales sanitarios, especialmente a los que les ha tocado o les toca sufrirme habitualmente. Gracias por vuestra paciencia, amabilidad y profesionalidad. A ver qué tal el segundo round dentro de unos días.

2 comentarios sobre “Diario de un tripanofóbico: Vacunarse cuando las agujas dan pánico

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